Una vez más sin equipo y alejado de nuestro ya farandulero fútbol peruano, Kukín ha desaparecido, desde hace unas semanas, sin dejar rastro.
En un recorrido por la, desde siempre, turbulenta vida de Carlos Flores, encontramos al calíchin que manda a rodar a su entrenador cuando lo saca del partido, al jovencito que apenas tiene mayoría de edad para firmar a su retoño y al hombre que fue acuchillado, por un colega igual de avezado, cuando departía momentos de “camaradería”, entre cerveza y algo más, esos momentos que más de un problema le trajeron y que lo catapultaron como símbolo de una camada de futbolistas que ilusionaron a la afición con su majadero juego: gambeta, huacha, zurda prodigiosa, codos levantados y la infaltable mentada de madre.
Siempre fue portada. No necesariamente en algún medio deportivo, pero lo era. Habilidoso e indisciplinado al 100%, hoy a sus 35 años no parece haber cambiado mucho. Siempre vertiginoso y revoltoso, de sangre caliente y chalaco parecía estar tranquilo, raro en él. El escándalo lo encontró y no lo suelta, aunque muchas veces afirma poner todo de su parte para ser noticia, sólo y exclusivamente por su profesión: una franca utopía.
Sólo era cuestión de tiempo. Ya ha nadie sorprende. El proyecto más prometedor de los últimos 20 años que nuestro alicaído balompié parió, volvió a mostrar, por enésima vez, su peor cara: Carlos Flores Murillo, el tristemente célebre Kukín, es socorrido, en una calurosa noche iquiteña, por efectivos policiales tras haber sido víctima de una golpiza y, posterior, robo por parte de facinerosos locales.
Las primeras fotografías de su indecoroso estado salen a la luz: cabello corto e inmutable, ojos desorbitados, labios cuarteados y el dorso desnudo, postrado en un cuarto de hotel con policías y camarógrafos danzando a su alrededor como odaliscas ante un ebrio jeque árabe: trata de pararse y falla, opta por sentarse y apenas puede mantener el equilibrio, sus extremidades no pasan de torpes movimientos. Los flashes y preguntan los aturden aun más. Continuará...
